Tirada en la cama, escucho el suave zumbido de un avión pasar, y un perro ladrando a la distancia. Son las 5:45 p.m. También me zumban los oídos. Hoy subí a casa caminando porque no tenía dinero para el bus, mucho menos para un taxi, además ya le debo demasiado dinero al portero.
Ahora que releo estas líneas no recuerdo si alguna vez le pagué. En ese momento aún vivía con mis padres, así que probablemente ellos se ocuparon del asunto. No recuerdo cuándo escribí aquello…tuvo que ser mientras aún estaba en la universidad; desde que comencé en mi último empleo no tomo bus. Trabajo desde casa y ahora tengo dinero.
En ese momento me mantenía con un subsidio que recibí de parte de la entidad responsable por mi crédito estudiantil. Eran 400 dólares que tenía que repartir durante el año para mis gastos de transporte, alimentación y alguna que otra fotocopia. Es gracioso porque no podía ni comprarme un café en la cadena más barata de cafeterías. Podría haberle pedido a mis padres dinero, pero mi orgullo y ego no me dejaron hacerlo. También es gracioso porque me las arreglaba bien y no sentía que me hacía falta dinero para “ser más feliz”. Siempre busqué trabajar para sobrellevar mis gastos con mayor facilidad, pero a pesar de no poder salir a gastar en cualquier nimiedad, no me sentía particularmente mal por ello. Ahora las cosas son diferentes.
Revisando la fecha del documento veo que han pasado cinco años desde que escribí la introducción a un texto que seguro estaría inundado de self-pity, autocompasión. O tal vez no. La forma en la que escribo, parece ser que tomo instantes de mi vida en los que sentí cosas intensas y los plasmo en dos o tres líneas y de allí nace un texto, adornado con mi imaginación o no. Así que probablemente escribí aquello y pensé que en algún momento lo transformaría en una magnífica historia que muchas personas leerían y no podrían evitar sentirse identificados con el desarrollo de la trama alrededor del personaje principal: yo.
Los últimos días siento que vuelvo a tener 20 años y que no me hace falta salir a leer o a trabajar en una cafetería para sentir que estoy aprovechando mi día/vida. Puedo leer y trabajar, o hacer lo que sea que tenga que hacer desde casa. Suena ridículo, pero tuve muchos momentos en los que me sentí miserable y estúpida porque durante el día no pude ir a sentarme en un café durante una hora a trabajar o estudiar.
Creo que cuando trabajo o leo ni siquiera me gusta tomar “algo” o comer, me es en extremo inconveniente. Me gusta sentarme y concentrarme en lo que tengo delante. Comer me desconcentra. No lo sabía (hace poco también descubrí que cuando como palomitas en el cine, no puedo concentrarme en la trama de la película). En Instagram ves las fotos de los demás, que se sientan frente a su trabajo, al lado tienen un cappuccino con una croissant y pensé: “también debo hacer lo mismo” “esta es la manera de trabajar”. Soy estúpida e ingenua de esta manera.

Perdí mucho tiempo preparándome para empezar a hacer cosas, cuando solo debí sentarme y hacerlas. No hay nadie mirando. A veces, cuando paso mucho tiempo en redes sociales me parece que todo tiene que funcionar como si alguien me estuviera observando. Es un verdadero acto de vulnerabilidad poner esto por escrito para que todo el mundo lo lea. Debo admitir que soy víctima de este tipo de ridiculeces. Me pregunto si las mujeres en particular somos más vulnerables a este tipo de pensamientos. Pienso en el “male-gaze”.
Ahora las cosas son diferentes en muchos aspectos, pero sobre todo cuando pienso en el dinero, para qué lo quiero, cuánto quiero y cuándo. Estos días, sin importar lo que digan de las self-dates y todo esta incursión en el amor propio, no me apetece hacer cosas sola. No me apetece ir a un café sola, estar sola con mis pensamientos, qué parecen una calesita. O ir a un museo sola, de nuevo sola con mis pensamientos, que sumidos en la rutina, no aportan nada nuevo a mi ciclo mental. Ya he pasado suficiente tiempo sola. Pasé la mayor parte de mi adolescencia y adultez joven sola. Quiero saber qué pasa dentro de la cabeza de las demás personas, cómo ven las cosas, qué sienten. No sé cómo piensan los demás. Nunca me había interesado tanto. Me bastaba con leer.
Así que ahora, el dinero para mí es una herramienta social. Me sirve porque si tengo dinero puedo acceder a una variedad de experiencias más amplias, conocer más personas, entenderlos mejor. Siempre me ha gustado observar. Tengo el privilegio de poder sentarme a observar y planeo aprovecharlo. Espero poder aprovecharlo.
Gracias por leerme,
Juli.