El salar y otros paisajes: las maravillas naturales del sur de Bolivia

Cuando el carro tomó ruta hacia la vasta llanura del salar, a medida que la tierra se inundaba de agua, al ritmo de una saya…el cielo y la tierra convergen hasta al fin ser solo una…entonces sentí el pecho como una cosa pequeña y estrujada, y me encontré al borde de las lágrimas, deslumbrada por los colores y la luz. Las montañas que se alzan como torres a la distancia, ellas estaban ahí, incluso cuando todo estaba absolutamente cubierto de agua, y las montañas no eran más que islas . 

Día 1

Éramos cuatro, cinco con nuestro guía Luis Gabriel. Yo, mi compañero de viaje A., y dos chicas alemanas con las que coincidimos en el tour  y luego tratamos de nuevo durante nuestro viaje por Bolivia. Luis Gabriel fue un guía venerable. Oriundo de Uyuni, no solo conocía en profundidad sobre la historia, geología y demás datos de interés sobre los destinos del tour, también estaba en total sintonía con el sentimiento social y político en Bolivia, durante el pasado y el presente. 

El tour hacia el salar comenzó en San Pedro, Chile, el pueblo más famoso del desierto chileno, según dicen, el más árido del planeta. ¿Que qué crece en San Pedro? Las dunas y el frío por la noche. A mi, que nunca había estado en un desierto, me pareció un pueblo alienígena, lunar, con sus paredes de adobe, calles de tierra, estrechas acacias de hilos de agua.

Geopolíticamente está en Chile, pero tras pasar unos días en el pueblo, San Pedro empieza a parecer más boliviano que chileno. La frontera con Bolivia está a unos 40 kilómetros del pueblo, y el mismo está lleno de personas que por su fenotipo y costumbres poco tienen que ver con el resto de Chile. Después de la minería, el turismo es la segunda manera de sobrevivir de facto; asentado sobre todo en las maravillas naturales al otro lado del control fronterizo, en Bolivia. 

La mayoría de los mochileros llegan a este pequeño pueblo norteño con el objetivo de realizar el renombrado recorrido de tres o cuatro días por lagunas de colores, geysers, y el famoso Salar de Uyuni. Además de conocer el nuevo hogar de toneladas de ropa sin usar desechadas por la industria del fast-fashion (entre 11.000 y 59.000 toneladas, según El País), 

Se tienen dos opciones. Tres si quieres morir (ir a pie). Puedes rentar un carro (si consigues una empresa chilena que esté dispuesta a rentar un carro que cruce la frontera boliviana), llevar tu propia gasolina, alimentos y gestionar dónde pasar las gélidas noches del altiplano boliviano, o contratar un tour todo incluído con alguna de las decenas de agencias que compiten por tu atención al bajar por la calle Caracoles. La única y principal calle comercial de San Pedro. 

En nuestro segundo día por el pueblo, terminé con A. sentados en la oficina de una agencia turística recomendada por uno de sus amigos mochileros. Cuál es irrelevante al haber al menos otras 20 agencias que ofrecen exactamente el mismo tour. Al día siguiente a las cinco de la mañana estábamos en una van blanca camino a un nuevo país. Así dejamos Chile atrás y nos embarcamos de lleno en la aventura.

Nos levantamos la mañana del tour en la madrugada. Recuerdo que la van llegó un poco más temprano de lo que esperábamos y eso nos descolocó un poco. Y luego, unos cuarenta minutos después cruzamos la frontera. Cuando tomas una van en medio de la oscuridad, en un país desconocido, relegas todas tus cosas (toda tu vida) a un baúl y luego cruzas la frontera en breve, es normal sentir un poco de miedo. 

Pero como tantas veces al viajar, no hay más alternativa, toca confiar. Plantar los pies bien plantados frente a la persona frente a ti, mirarla a los ojos, y en cuestión de segundos, decidir si confiarle tu vida. Yo que vivía como nómada en ese momento, cargaba mi vida en dos mochilas de 15 kilos y una cangurera. No había cabida para el error. 

Nuestra primera parada fue en “El paso Jama”. Una pequeña planicie desde la que se puede llegar a la base del volcán Licancabur (5.916 m. s . n. m) y al volcán Juriques. A nuestra van se unieron varias más, repletas de turistas europeos o norteamericanos. Es curioso como los lugares más hermosos de latino américa están tan lejos de nuestro alcance, que estamos cerca, y tan cerca de “su” alcance, que están tan lejos. Es un patrón que se repite tristemente por todo el subcontinente.

Así que aquí en el paso, se reúnen los dos volcanes, el control fronterizo, una llanura desértica, el hambre y el frío. Recuerdo que buscaba pequeños pedazos de sol entre las nubes. Me molestaba muchísimo cuando alguien se paraba en frente mío robando mi pedazo de sol con su sombra. “¡Busca tú pedazo de sol!” quería decirles. Así estuve zigzagueando entre las sombras hasta que sirvieron la primera comida del día. 

El tour incluía un desayuno y cena ligeras, por lo general algo de té o café con pan, fruta, embutidos, además de un almuerzo sencillo. La suficiente comida para mantenerse en pie. Estuvimos parados unos 30 minutos antes de pasar por el control fronterizo, yo caminando de un lado a otro mordisqueando un pan, A. trabando conversación con cualquiera que estuviese dispuesto a escucharlo. En el control bajamos a usar el baño (o intentar usarlo) y registrar nuestro ingreso al país. Del paso Jama, tras cruzar la frontera tomamos ruta hacia la Laguna Colorada, por la carretera Camino Hito Cayón. 

Antes de llegar a la laguna colorada hay dos lagunas que vale la pena (en realidad no es ninguna pena, ¡no parar allí es un error!) parar para admirar: la Laguna Blanca y la Laguna Verde. 

Le pregunté a nuestro guía Luis Gabriel sobre la formación de las lagunas. “Hubo un tiempo, cuando la laguna era una sola. Hace 15 años, cuando las lagunas ya estaban separadas, las unía un arroyo grande. Tocaba bajar la velocidad, a veces no se podía pasar, el tour era por temporadas”. La laguna verde va a desaparecer dentro de pocos años. Su única fuente de agua es la laguna blanca. El trecho de agua que las une es un vago fantasma de lo que algún día fue. 

De la laguna blanca se extrae borax. Un mineral ampliamente utilizado en detergentes, insecticidas, fungicidas. La laguna verde está llena de plomo y arsénico. A esa no nos acercamos tanto. 

Seguimos camino hacia las aguas termales de Polques. Dos pozos de agua que calienta hasta los huesos, naturales, rodeadas por un paisaje surreal. Hay una gran abundancia de aguas termales en Bolivia, sobre todo al sur donde los volcanes se observan casi uno al lado del otro. Por mi parte, que no visitaba unas termas desde mi estancia en un jjimjilbang en Seúl, disfruté con gran placer los 30 o 40 minutos en el agua caliente. 

Nuestra siguiente parada fueron las fumarolas “Sol de Mañana” donde se encuentran un conjunto de geysers de sospechoso olor, color y consistencia. Una sustancia tipo lodo, color aguamarina tirando a gris, burbujea al tiempo que suelta vapores como humo blanco, completamente ajeno a la nariz de sus visitantes. 

Los geysers se encuentran delimitados por inútiles hileras de rocas que pretenden detener el paso a los turistas ansiosos por tomarse fotos entre el vapor blanco del lodo humeante. De poco sirven, más que como seguro por si un turista cae a uno de estos calderos naturales, poder decir: “¡Te lo advertimos!”. 

Continuamos ruta hacia el último destino del itinerario: la Laguna Colorada, casa de centenares de familias de flamencos. Bolivia es famosa por sus ciudades y pueblos a gran altura. Recuerdo que hice una carrera con A., de unos 20 metros en ascenso. Me quedé sin aliento antes de llegar a los escalones que conducían al mirador de la laguna. El mirador recuerda en cierta medida a un faro, aunque cerca no hay ningún barco que pueda guiar a la orilla. En la cima cuenta con una pequeña sala redonda donde se puede tomar café, té, comer algunas golosinas y uno que otro pan de vistas a la laguna. 

De vuelta en nuestra van, entre curva y curva, y el frío del altiplano, nos adentramos cada vez más en el atardecer y en el interior montañoso de Bolivia. 

A cada lado, colinas cubiertas por plantas secas, pequeños salares, lagunas de borax. Un cielo rosa y celeste, cálido. Le pedimos a nuestro guía que pare para poder tomar fotos, intentar absorberlo todo. Intentamos correr a la cima de una colina cercana para alcanzar los últimos vestigios del amanecer. Se nos acababa el aire, las fuerzas, nos invadía el hambre y el sueño. “Ya se fue. Se acabó. Vamos, nos esperan abajo”. 

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Ramen

Llegué sin aliento al rellano del pasillo. Lo único que se escuchaba era el subir y bajar de mi pecho. Ya podía sentir a Miguel. El calor y la humedad de los últimos días estaban haciendo su efecto…

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