La sed por Sumaj Orcko: fiebre a 4700 m s. n. m

 “No es para ustedes, los dioses reservan esta riqueza para los de más allá”. 

¿Alguna vez has estado dentro de una montaña? No decenas de metros, bajo la segura manta de la infraestructura moderna, como al pasar por un túnel en carro, con aire acondicionado y música de fondo. 

Me refiero a estar en el corazón de una montaña. Cientos de metros bajo tierra, donde la luz de una linterna alumbra de a dos en dos, el retumbar de las vagonetas en los rieles una tras otra, y el silbido de las canaletas de agua y oxígeno que no para, precariamente suspendidas, atornilladas a las paredes de la mina. 

Potosí es un pueblo de lomas, haciendas, casas coloridas, cholitas con niños a la espalda, mantas que cubren media acera cubiertas de todas las variedades de maíz imaginables; ruido, mucho ruido. Es una pequeña ciudad al sur de Bolivia, a 4.090 metros sobre el nivel del mar. Desde hace casi 500 años alimenta al mundo de plata y más recientemente de estaño, zinc y plomo (Comibol, 2022).

Potosí se me presentó como un pueblo de aceras pequeñas y fachadas acogedoras. Tiene una plaza grande (la Plaza 10 de Noviembre), encerrada por blancos arcos de estilo colonial y una gran catedral de 200 años (Catedral Basílica Menor de Nuestra Señora de La Paz). A diferencia de otras iglesias, en esta no encontré mezcla entre la simbología católica y la cosmovisión andina, como se suele ver en las iglesias del resto de Bolivia, o el Perú. 

La mayoría de los turistas extranjeros que llegamos a Potosí, venimos con una sola cosa en mente: visitar una de las minas de plata más antiguas de Sudamérica, por no decir del mundo. Una mina que fue explotada primero por las propias comunidades andinas: los Incas; luego los colonizadores españoles, cuando aún se veían gruesas venas de mineral que cubrían por entero el techo y paredes de la mina; y ahora los bolivianos, para China, Corea del Sur, Japón, entre otros.

El Cerro Rico, o en Quechua: “Sumaj Orcko” (Cerro hermoso) lleva casi 500 años activo. No ha parado de salir qué explotar, trozos de mineral con pequeñas venas de plata negra, solo vestigios de lo que fue el cerro medio milenio atrás. Tal parece que aún no se ha apagado la sed que despertó por primera vez desde que un indio de Chuvilca, Diego Huallpa, se resguardaba del frío en el Potosí. Al encender una fogata, varias vetas de plata se fundieron: descubrió que el cerro ‘sudaba’ plata.

En la zona de la mina hay tractomulas, camiones, perros, mujeres, cholitas, y muchos hombres jóvenes. ¿Qué será pasar toda la vida (como fue el caso de los indios al verse explotados por los españoles o en la actualidad, de los mismos potosinos al no encontrar mejor opción que trabajar allí)? Nosotros solo estuvimos una o dos horas. No estoy segura, dentro el tiempo no pasa, la oscuridad es absoluta. La montaña te engulle y contigo a tus pensamientos. Dentro nada está motorizado, todo es manual. Explotar, minar, subir, bajar, trasladar y mover los carros de toneladas de material, uno tras otro, por jornadas de más de diez horas, por 22 dólares al día. Cuando hicimos el tour, nuestra guía nos explicó que esto es el verdadero live fast die young (vive rápido, muere rápido). La expectativa de vida no supera los 40 años.

Nos despertamos, queremos averiguar cómo hacer el “tour” del Cerro Rico. Algo sobre hacer turismo en una montaña minera engulle indios me sabe a poco ético. Bajamos a la recepción para recolectar algo de información. Como me imagino será el caso de una gran parte de los alojamientos en Potosí, encontramos que el tour lo ofrece directamente nuestro hospedaje. Solo tenemos que dar nuestros nombres, acordar una hora y pagar. Reservamos una plaza para el día siguiente y nos tomamos el día para recorrer la ciudad y merendar en algún café pintoresco. 

Es la mañana siguiente y tengo hambre. En Bolivia, como me fui enterando al conocer más de sus ciudades, no hay grandes conglomerados de supermercados donde se encuentre de todo y todo lo que puedas necesitar. No es así como viven los bolivianos, no es así como me parece haberlos visto vivir. Se me hizo que las personas aún compran en tiendas pequeñas y en los mercados centrales. Tienen sus caseritas, sus tiendas de confianza. Así que me arrastro fuera de la cama y vago por las calles hasta dar con lo más parecido a un gran supermercado. Compro lo estricto necesario (no estaremos en Potosí más de tres días) y me pongo en rumbo de vuelta al hospedaje para iniciar el tour. 

Un carro rojo llega por nosotros y de él se baja una señora con el pelo igual de rojo, pequeña, de fuerte semblante y apretón de manos. Nos presentamos. A nuestro grupo se une un joven alemán de 20 años. Hay muchos jóvenes alemanes de 20 años viajando por sudamérica. 

La mujer nos lleva hacia el fondo de la hacienda, donde hay una bodega con filas de “ropa de trabajo” de los mineros. Pienso que  en realidad no son más que disfraces para que los turistas nos metamos aún más en el cuento (además de no ensuciar nuestra preciada ropa y proteger nuestras valiosas cabezas). 

El uniforme consiste en un guardapolvos caqui, un casco con linterna, botas de goma, un grueso pantalón de lona y una tula muy pero muy gastada, donde pronto guardamos las ofrendas a la pachamama y a los mineros que hasta el día de hoy arriesgan la vida en las minas.

Armada de pie a cabeza, poso:

Luego nos dirigimos al mercado minero. Conocido como “Mercado de los Mineros” o “Mercado calvario” como claro augurio al calvario que se vive en el cerro. Uno va al mercado a conseguir los artículos que definen al minero potosí, sin los que está esencialmente prohibido entrar a Sumaj Orcko: hojas de coca, tabaco, azúcar (para activar la coca), alcohol al 99% y dinamita

De estos cinco, solo dos son le pertenecen al minero: la coca y la dinamita. La hoja de coca, para soportar las largas horas dentro de la mina, combatir el mal de altura, aguantar el hambre y aliviar el malestar de estar a severos metros bajo tierra. La dinamita: pincel para el pintor. 

Ahora, el tabaco y el alcohol, se llevan por una razón bien distinta. 

Dentro de la mina, hay un tío.El” Tío. El tío es una estatua, una figura mitológica que instalaron los españoles durante la apropiación de la mina para controlar a los indios esclavos dentro.. La comunidad indígena que ocupaba Potosí en ese momento, como muchas de las comunidades andinas, tenía como figura suprema a la Pachamama, la madre tierra. Así que los españoles les trajeron su versión masculina a tierra, dentro de la mina. A él se le llevan hojas de coca, tabaco y alcohol. También le rezan. 

Del mercado minero tomamos rumbo a la base de la mina. Nos rodea el ruido y una gran varieté de personas. De una fosa donde se acumula el material minado, un hombre empuja parte de la carga sobre la boca de un tractor. Este a su vez retrocede y vuelca la carga a la tolva de un gran camión Volvo rojo y azul. El material se lleva a una planta de procesamiento para separar la plata, el estaño o el zinc, de la tierra. 

Nos acercamos al borde de la base. Desde aquí tenemos vistas a Potosí. Vemos el pueblo hundido en el valle, las montañas en el horizonte y las nubes. Tras contemplar el panorama general, tomar algunas fotos, ajustar los cascos y encender las linternas, nos dirigimos hacia la entrada de la mina. 

Un cartel rojo que lee “Entrada” marca el lugar. Frente a nosotros se extiende un riel, un hueco en forma de arco, la oscuridad. Del alero cuelga una vieja ofrenda a la pachamama, ya gris. (En Bolivia es aún común ver ofrendas en las puertas de las casas y los negocios, para expulsar las energías negativas y atraer las bendiciones de la Pachamama. Estos talismanes se pueden encontrar con facilidad en cualquier mercado popular de las grandes y pequeñas ciudades).

Las medidas de seguridad son simples: “No se choquen la cabeza, no se distraigan tomando fotos, no tropiecen” y la más importante: “no pierdan al grupo”. Porque vaya a saber qué va a hacer un turista en medio de una mina boliviana si se pierde. La mina es un laberinto. Un mundo en sí mismo.

El cerro “traga personas” se cobró hasta 8 millones de vidas durante el reinado de los españoles sobre Potosí. En la actualidad la cifra anual de mortalidad ronda la centena. No es un lugar divertido para perderse. 

Avanzamos con fe ciega en nuestra guía. Unos pasos adentro y no tardo en darme la cabeza con el techo. 

Dentro la actividad no cesa. Cuando un carro con toneladas de mineral se acerca, empujado por dos o tres chicos, te quitas del medio. Los jóvenes, con las mejillas rellenas de hoja de coca, saludan brevemente y siguen su camino hacia la luz. Quitarse del medio consiste en ponerse de puntillas contra las paredes y rogar no resbalar sobre el vagón que pasa, o dejar un pie mal puesto sobre el riel. Entre vagonetas que van y vienen, mineros que suben y bajan entre entretechos y mezzanines o desaparecen entre corredizos por las paredes. De las paredes se abren pasillos nuevos todo el tiempo. En el suelo, a derecha e izquierda se abren huecos de tal vez 60 x 60 cm, por los que se baja con escaleras de madera, tal vez más antiguas que yo. Y cuelgan y cuelgan del techo ofrendas a la Pachamama. 

La mina es un esqueleto. Pienso que si se hiciera una radiografía, se vería como los nidos de hormiga, con cientos de túneles y pisos. ¿Qué hacer si te pasa algo en el nivel 17?  Pienso que te mueres. Si te diese un paro cardiaco, si de repente te quedaras sin oxigeno, si pones la dinamita en el lugar equivocado.

En algún punto, tras dar algunos regalos a los mineros, damos media vuelta y nos dirigimos hacia la salida. Nuestra última parada es la visita al Tío, que está cerca de la entrada a la mina. Nos sentamos en un pequeño círculo, tiramos las hojas de coca sobre su cabeza, encendemos el tabaco y cada uno toma un sorbo de alcohol para completar la ofrenda. Primera y última vez. Nuestro tour terminó, pero la vida de las personas que vimos transcurre dentro. No creo que nadie en verdad quiera estar ahí. Saldrán y entrarán tal vez por el resto de sus vidas. 

Notas:

  • Este es un dato interesante que pienso vale la pena mencionar. Los efectos de la hoja de coca tienen poco que ver con los efectos de la cocaína. La hoja de coca, una vez activada ayuda a combatir la altitud al aumentar la cantidad de oxígeno en la sangre, te mantiene alerta y quita el hambre.
  • No grabé más cosas y no tomé más fotos porque me daba vergüenza apuntarle a la cara a los trabajadores en la mina, como si fuesen monos de circo, un espectáculo. Claro que me daba curiosidad y quería saber más sobre sus vidas, me hubiese encantado hablar con cualquiera de ellos.
  • Nuestra guía fue grandiosa y nos contó muchas cosas de la vida en la mina, incluida su propia experiencia trabajando dentro. El cerro sí se encuentra en riesgo de implosión, pero la visita fue completamente segura y solo temí caer a la oscuridad dos o tres veces. 

Fuentes:

Niboe, OEC

Más

Ramen

Llegué sin aliento al rellano del pasillo. Lo único que se escuchaba era el subir y bajar de mi pecho. Ya podía sentir a Miguel. El calor y la humedad de los últimos días estaban haciendo su efecto…

¿Qué te pareció?

Compartir:

Facebook
LinkedIn
Twitter

La sed por Sumaj Orcko: fiebre a 4700 m s. n. m

Más

Ramen

Llegué sin aliento al rellano del pasillo. Lo único que se escuchaba era el subir y bajar de mi pecho. Ya podía sentir a Miguel. El calor y la humedad de los últimos días estaban haciendo su efecto…

¿Qué te pareció?

Compartir:

Facebook
LinkedIn
Twitter