Esto no es una crónica, es un PQR disfrazado de carta de amor. Es mi pleitesía a esta ciudad furiosa.
Vas caminando por Florida. Cambio. Cambio. Cambio. Cambio pesos por flores, flores por chocolates, chocolates por una palabra dulce. Caminas dos cuadras más. A un lado, las Galerías. En su falda, una familia de cinco mendiga hasta el cierre de los locales. Luego, a dormir. Pasa una señora con dos bolsas grandes de Juleriaque. En frente del Zara: un gran local chino.
Vas a la plaza. A cualquier plaza. Están los árboles. Y las voces de los niños en la plaza. Están las palomas. Y la luz del sol que traspasa los árboles. Está la brisa, fría. Están los pájaros cantando. Está un niño pidiendo limosna y un padre de familia vendiendo medias.
Odio verlos. Odio caminar por la avenida y verlos. No a ellos. Odio lo que me hacen sentir. Odio que no puedo ser indiferente e ignorarlos. Odio que saben que intento no verlos, que pretendo mirar para otro lado, que quisiera que se fueran lejos. Odio que sin ellos Buenos aires no existe, pero sin mi continua sin prisa ni pausa hasta el final de los tiempos.
Cuando camino por la Avenida Corrientes, o desde Puerto Madero hasta Congreso, recorriendo a pie la gran Avenida de Mayo, a cada paso, me caliento. Caminando por sus calles me siento furiosa. Veo a los hombres y siento furia. Veo a familias enteras en la calle y siento furia. Veo los negocios con precios desorbitantes y siento furia. Cada esquina, cada charco, cada grito de un loco en la calle, están llenos de furia y rabia y todo lo que la furia y la rabia pueden llegar a contener.
Paso por la casa rosada y por el monumento a los pañuelos, veo el cambio de guardia, camino hacia el cabildo, intento cruzar la calle antes de que cambie el semáforo. En el horizonte distingo la 9 de julio, a mi derecha e izquierda, un desfile inagotable de librerías y bares, uno más antiguo que el otro, uno más patrimonial que el otro. A mis pies incontables alhajas de bronce y acero, industria de manos argentinas, y una que otra made in china.
Las personas pasan tan rápido que no logro distinguir sus caras. Si no miro bien dónde piso, me llevo un regalito a casa. Sigo caminando y al llegar a la 9 de julio el sonido del tráfico me traga entera. A mi derecha está el obelisco. Recuerdo que al verlo pensé que era más pequeño de lo que recordaba.
A medida que me acerco al Congreso la energía cambia. Si estás de suerte, de las bocas del subte ves salir estudiantes con pancartas verdes y rojas; impresa la cara inmortalizada del Che. Gritan y cantan, muchos ríen, juegan, patalean, agitan las banderas y repiten, en coda, lo que alguno grite por el megáfono. Qué viva la patria, qué viva la libertad, qué viva Argentina. Frente al Congreso ya se han levantado negras paredes de hierro.
Llego al portón de hierro del edificio y tiro de la puerta con fuerza al abrirla. Los vidrios tiemblan. Abro la puerta externa del ascensor, deslizo la puerta chirriante interior, cierro, deslizo, el ascensor salta brevemente. Estoy en casa.
Hago una lista sobre las cosas que debo mencionar en esta carta:
- Las golosinas que me hacen ojitos desde los kioskos
- Las parejas grandes tomadas de la mano
- Los locos gritando
- Las parejas jóvenes que se dan besos en la parada del autobús
- Las aceras rotas
- Las verdulerías y tiendas de pasta fresca. Las facturas. Los boliches hasta las 6am
- Las montañas de libros en las librerías
- Los bares notables
- Los negros nigerianos y sus gafas de sol
Cierro la laptop y pienso: hace demasiado calor para escribir hoy.