Verano Serú

Este verano, con la ventana cerrada y el ventilador en su máxima potencia, no alcancé a escuchar el titilar de las cigarras al caer la noche. 

Con el ventilador apagado, escucho el eco del motor de las motocicletas por largo rato. Escucho lo que parece un avión. ¿Pero es posible que vuele en un mismo lugar por tanto tiempo? Cerca de la casa hay un puente grande que lleva a la autopista. Puede que de allí venga el ruido. También a una cuadra o dos está la terminal de ómnibus.

Esta noche sé que dormiré ansiosa porque ha venido un hombre nuevo a quedarse a la casa. Es un estadounidense. Está en la habitación adyacente a la mía. Mi puerta no cierra bien y pienso en eso. Parece un hombre mayor. Siempre vienen hombres mayores y altos a quedarse en la casa de Marao. También vino una pareja joven de ingleses. Hace poco se fue un francés que hace ciclismo y un chileno que vino a tocar guitarra. No lo había pensado antes, pero puede que la mayoría de usuarios de Airbnb sean hombres solos. Ahora que lo pienso, recuerdo ver que la mayoría de reseñas en varios alojamientos eran de hombres. 

Me vine a quedar aquí porque Tano, un amigo que conocí en Córdoba me dijo que era un buen lugar para quedarse. Vine a ver la casa mientras él se hospedaba, fue de mi agrado y me quedé. Marao me dio un buen precio. Las paredes de la casa están cubiertas con pinturas de artistas famosos de la región, entre ellos, ella. Mi habitación en especial tiene el piso pintado, con algún patrón tribal. El mismo patrón recubre algunas paredes e incluso el tacho de basura. La habitación refulge de energía femenina. 

Frente a mí, el cuadro que confronta mi cama muestra 5 jóvenes desnudas flotando y bailando entre alcatraces y rosas. En una esquina, un sol tímido asoma y lo observa todo. Sobre él nueve redondas esferas lo orbitan y adornan. No lleva marco. El lienzo se extiende por lo que parecen ser dos metros de ancho por largo. En los colores predomina el azul rey, el ocre, el borgoña…

Esta noche mi mente está inquieta. 

Pasé de un estado de actividad continua a una quietud completa en cuestión de un día. La verdad es que pasé las primeras dos semanas con Tano. Después de que se fue, no tardé en volver a mi rutina habitual. Acaso deslocada por su presencia. 

Fue muy extraño cuando se fue. Creo que nunca había ido a despedir a alguien. Durante mi corta vida, siempre fui yo quien se iba. Dejé colegios, amigos, a mi familia, novios y casi-novios, ciudades enteras y países. “Asi que así se siente”.  Así se siente ser la persona que queda atrás. Es extraño. Todas mis cosas siguen aquí conmigo, pero algo falta. Algo que ocupó mi mente y espacio, simplemente ya no está. Miro hacia la entrada y no hay nadie esperando que abra. 

Afuera, tormentas aisladas que no llegan hasta casa serú encienden el cielo casi cada noche. 

Hoy el cielo también está inquieto. 

Voy a intentar cerrar bien la puerta. 

Más

Anhelo

Trás dos o tres semanas sola, y en constante movimiento, la quietud ha llegado a mis pensamientos. He estado pensando en quedarme quieta. Siempre en movimiento, se me hace que nada es profundo, salvo la relación conmigo misma. He estado buscando la quietud, la monotonía de lo cotidiano.  La idea vino a mi al caminar entre las pintorescas casitas de San Martin de Los Andes, un pequeño pueblo turístico al sur de Argentina, rodeado de lagos y montañas para días. Es ese tipo de pueblos que se escoge para escapadas de fin de semana con amigas, una pareja o la familia. Excepto que, sin excepción y por elección propia, estaba sola.  El pensamiento me asalta al ver un jardín bien decorado, o cuando alcanzo a espiar una biblioteca a través de una ventana mal tapada (y un poco de punta de pies. Sí, ¿está mal mirar dentro de las casas ajenas?). Cuando siempre estás en movimiento, puede resultar imposible tener un jardín, una huerta. Cuando no estás quieto, no podés decorar una casa, escoger los manteles, renovar la cocina, enojarte porque los cubiertos no están guardados. No podés comprar ropa nueva, tener una colección de miniaturas, ni una biblioteca.  No tenés una vieja casona de tejas rojas y rebocado amarillo, la fachada exterior carcomida por la humedad y el pasar de los largos, largos años; donde recibir a los amigos que viajan, van de paso, y no has visto en años. No tenés amigos con los que cenar una vez al mes, acogidos por la calidez del conocimiento mutuo.  Suena el timbre, se grita un “ya voy”: la casona se convierte en hogar. A la luz de las velas, largas y delgadas, está puesta la mesa, con un florero como centro de. Se sientan en rededor, y a pesar de la quietud, el mundo interior se ve disruptido, entra el calor, las paredes, antes indiferentes, se tornan cálidas.  Tal vez sea mi incapacidad de formar lazos profundos con las personas que conozco hace menos de media hora. Tal vez porque me han enseñado a no confiar en los extraños, o porque soy mujer y viajo sola, o soy incapaz de formar amistad tras cruzar una o dos palabras. No puedo llevar mi hogar a cuestas, colgando a medias de mis hombros, destartalándose a cada paso. Lo dejo atrás. No puedo tenerlo todo. Quisiera saber cómo quedarme quieta, Me gustaría poder decir: todos los veranos con mi familia íbamos a X y Y lugar y hacíamos tal y cuál cosa y así capaz me sentiría un poco más significativa y podría decir: “soy este tipo de persona”.  Pero no conozco más que este cambio constante, de individuos, lugares y multitudes. No soy más que este constante ir y venir, esté vaivén de amores y odios, de indecisión y distracción.  

2017-2025: dinero

También me zumban los oídos. Hoy subí a casa caminando porque no tenía dinero para el bus…

Desvelo

Tras acostarme, los primeros minutos intento quedarme quieta. El miedo de mover mi cuerpo un centímetro…

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