Extraño los sonidos del campo. Los viernes a las 9:51 pm, tras el ajetreo del día, tras tirar los zapatos en la entrada, despojarnos de la ropa sucia, llena de tierra, los rostros quemados y los brazos aún ardientes por el sol. Llegaba papá, le daba un empujón voraz a la puerta, chirriaban las bisagras, mamá salía a recibirlo. Él se quitaba el sombrero, se lo ponía en las manos, frotaba sus manazas y prendía un cigarro. La silla del comedor crujía bajo su peso. Luego entraba hermano mayor. Mamá volvía a la cocina. Tras la figura de padre, hermano lanzaba un gran suspiro y corría a la cocina a ver qué estaba cocinando mamá.
El fogón llevaba encendido un buen rato, y la habitación estaba caldeada y húmeda. Durante el verano, el sol se escondía después de las 9. Papá y hermano llegaban prácticamente a tragar y a dormir. No teníamos televisión. Papá encendía la radio, se ponía el cuenco con la comida entre las piernas, metiéndose grandes cucharadas una tras otra, una tras otra, hasta que la cuchara tintineaba en el tazón. Tomaba las hogazas de pan, arrancando los extremos con los dientes, bufando y masticando a la vez. Era la moción de un hombre cansado.
Afuera, las cigarras, el croar de las ranas, el rugido lejano de una motocicleta en la ruta. El viento silbando entre las cañas. La llovizna llenando el estanque.
No éramos tan pobres para que madre e hija también trabajarán en el campo. Se nos permitía quedarnos dentro y dedicarnos a labores de costura, remiendos, hacer la comida, cuidar los niños de una familia mejor acomodada. Me permitían asistir a la escuela. Debía saber leer y escribir para ayudar a Ma con la organización de la casa. Papá y hermano tenían las manos negras y llenas de callos. Mamá y yo, emblanquecidas por la lejía, llenas de ampollas.
Durante el día podíamos salir las dos juntas, pero nunca solas. Después de las 9 no podíamos salir. Después de las 9 un viernes, ni acompañadas. Era el final de la jornada de muchos hombres en el campo; tal vez de día eran buenos, pero de noche, estaban cansados, hambrientos, borrachos, ciegos. Eran otros tiempos. En cuanto a mí, no tenía permitido jugar en el patio delantero de la casa. En frente había un gran matorral denso y verde. De noche parecía zumbar, tentándome a adentrarme en él.
Del matorral en frente de la casa se decían muchas cosas. Que los soldados malos se escondían en él, que vivía una bruja come niños fanática de los dedos gordos de los pies. Que si uno se metía tres pasos a la derecha, terminaba tres pasos a la izquierda. El matorral fue objeto de muchas historias y tribulaciones mías, de vecinos, y familiares, pero nadie nunca se adentró lo suficiente para comprobar ninguna. Era denso, oscuro y desprendía un fuerte olor salvaje. Eso era suficiente advertencia.
Una vez, una pareja extranjera se perdió dentro para hacer el amor. Durante días, las guacamayas hicieron eco de sus gemidos. Yo tenía 19 años, nunca había tocado a un hombre de esa manera, y los gritos de los pájaros me atravesaron del pecho a la planta de los pies, de la misma forma que la mirada de algún compañero de clase había hecho meses atrás. Sentí el calor crecer dentro de mí.
Aunque tenía ya casi 20 años, Papá decía que no me debía casar. Era la única hija mujer, por lo tanto, debía quedarme en casa para cuidarlos cuando ya no pudieran ver o escuchar. A hermano mayor lo dejaron ir al ITL (Instituto Tecnológico Local) para formarse y conseguir una buena esposa.
Hace tiempo, cuando aún me atracaba el recuerdo, las orejas me ardían y la garganta se me secaba de golpe. Las lágrimas agolpándose en el rabillo del ojo, furiosas por salir, como si tuviera a padre frente a mi, con mamá a su espalda, muda como una paria, de brazos cruzados, se mordía el labio inferior, no podía mirarme. Hermano escuchando desde la habitación del fondo, esperando que si a mi me dejaban estudiar, él podría quedarse a trabajar en el campo.
Hermano podría haber empezado en el ITL a los 16 años, pero al ser el único hombre joven en la familia, esperó hasta los 20 años para matricularse, edad en la que la mayoría de los estudiantes empezaban su primer trabajo y ya enviaban dinero a casa. Así dadas las cosas, con hermano fuera de la casa y sin pretendiente alguno para casarme, empecé a doblar jornada. Pasaba las madrugadas con Padre y las tardes con Madre, quedándome muchas veces hasta la medianoche organizando los gastos de la casa y el listado de tareas para el día siguiente.
Una de esas noches largas, cuando aún faltaban 10 para que la noche se tornara en boca de lobo, me pareció ver por la ventana un hombre joven merodeando frente al matorral. No era extraño. Pese al paso del tiempo, el matorral seguía atrayendo a niños, jóvenes y viejos por igual.
Lo extraño es que no parecía borracho. Con una mano en la cintura y la otra ocupada con un cigarrillo, estuvo varios minutos de pie. Tenía el cabello largo hasta los hombros, vestía una camisa roja a cuadros y un par de vaqueros negros. Iba descalzo, pero se veía limpio. No parecía del campo. Nuestro pueblo servía como paradero intermedio entre dos grandes ciudades al norte y al sur, no era raro ver viajeros estirando las piernas. Pero la casa de Ma y Pa estaba demasiado alejada para un paseo de ida y vuelta hasta la estación.
En un momento botó el cigarrillo consumido al piso. Miró a un lado y pensando que iba a dar la vuelta del todo, me apretujé contra la pared. Cuando volví a asomarme por la ventana, solo alcancé a ver el movimiento leve de las ramas, las hojas retomando su lugar habitual tras el paso del joven. Pensé en el cigarrillo en el lecho verdoso del campo. En las historias de incendios empezados por colillas de cigarrillos, fuegos mal apagados, restos inocentes de desechos orgánicos que con una mínima chispa, arrasaban con bosques enteros. Sentí un nudo en el estómago y apreté los ojos. El matorral vibraba con más fuerza.
Cuando salí de casa, la noche ya era negra.